lunes, 27 de diciembre de 2010

Gajes del Oficio

Micaela era una mujer morena, de facciones fuertes, un tanto rústicas. Era grande de estatura y ancha en extremidades. Su pelo, castigado por la edad, era tan blanco como la nieve y tan crespo como las ramas de un árbol de navidad. Tenía la sonrisa apagada y los ojos avivados como los de un pavo. Si la veías de perfil te daban ganas de reir. Si la veías por detrás te daban ganas de gritar. Si la veías por el frente, te podía bloquear la mente. ¡Qué mujer tan completa esta! Y eso no es todo. Memé-así la llamaban-poseía un caracter fuerte. Daba la impresión de mujer encargada de recoger el dinero en la gallera. Pero si llegabas a conocer ese bizcocho chocolatoso, podías descubrir la caja de sopresas que era, pues en el fondo tenía un corazón tan grande como su pa´atrás, con las más gentiles intenciones.
Micaela preparaba unos pasteles en hoja pa´ chuparse los dedos, de tanto "cachú". Lo grande es que la mujer nunca hacía caso a las quejas. Para ella, el "rojo" era el que le daba el verdadero gusto a los pasteles. En fin, se sentaba en una esquina, detrás de una mesa de madera vieja, calcomida por el tiempo y las termitas, cuyo tamaño era insignificante delante de su dueña. En un lado de la mesa, colgaba un letrero en cartón, recortado a duro trabajo de una caja de pulpería, sostenido por dos pedazos de una cuerda negra. En este, escrito por uno de sus nietos, decía claramente:"Vendo tu pastelito, gordo, fresco y bonito". Más abajo en letras pequeñas pero perfectamente legibles, decía: "y no fío". Encima, la bandeja de pasteles desprendiendo un olor a puro sazón. Junto a esta, dos potes de cachú Linda y una pila de servilletas. Una silla de paja soportaba el cuerpo caribeño, donde pasaba horas contando, meticulosamente, los centavos que le dejaba cada cliente. Era exacta tanto en el dar como en el recibir, a menos que fuera amor. Su familia lo decía. Tres hijos y nueve nietos eran suficiente exigencia de afecto. Memé no se cansaba de regalarle de su tiempo y sus pasteles. Era feliz viéndolos crecer y ser partícipe de ello. Disfrutaba las ocurrencias de sus nietos, como un niño los dulces y anhelaba las conversaciones con sus hijos cada fin de semana.
Memé no tuvo otro esposo, ni "hombre a quien hacerle un sancocho", como ella orgullosamente respondía a los metiches. Su único hombre fue el padre de sus hijos quien había fallecido días después de que el menor cumpliese los ocho años de edad. Siempre fue fiel a su sentimiento, aunque sí obtuvo uno que otro enamoramiento. Que si Pacho el del colmado, que si Fefito el del carrito, que si Pedro el gomero, o Lucho el carnicero. Todos peleaban por la Micaela, quien a sus halagos y peticiones respondía bailándole el "Bugalú", como diciendo:-ni en sueños me tuvieras tú-.
Eso sí tenía la negra, le gustaba el bailar tanto como el hacer sus pasteles. De joven y aún en la vejez, era reconocida por cautivar con su meneíto salsero en las concurridas fiestas de la terraza de Don Fernando. Era un hecho que su cara dura era parte de su figura, pero en tanto oía la música, rompía a mover brazos y pies, haciendo más cálida su expresión .
Polivio, el hijo de Don Fernando, encargado de la música, le gritaba de un extremo a otro:
-¡Negra, báileme Micaela!
Micaela empezaba a bailar e inmediatamente se escuchaba la algarabía de la gente cantando:
- ¡Ay ay ay Micaela se botó!
Memé bailaba y la gente cantaba.
- ¡que se botó, que se botó, que se botó!
Memé sonreía y se movía al ritmo de la salsa mientras tiraba besos al aire. La canción continuaba; la gente seguía. Memé se lo creía; bailaba con alegría. Los demás la rodeaban y cantaban:-¡Micaela cuando baila el Bugalú arrebata! ¡Toda la gente la llama la reina del Bugalú!-.
Al terminar, la negra un poco agitada, agradecía como si hubiese terminado el musical.
-Negra, y ¿cómo es que lo haces?-le preguntaba entusiasmado Polivio. A lo que Micaela contestaba: -Son sólo gajes del oficio.- ¡Qué bárbara la negra!
"Vivir y dejar vivir. Esa es la cuestión." -Rafael Acosta

Atentamente,
Luca

*Siéntase libres de hacer cualquier corrección y comentario. ¡Espero les haya gustado!

Canción: "Micaela"
Autor: Pete "El Conde" Rodríguez


domingo, 28 de febrero de 2010

Mi Patria es el Honor de la Perseverancia

- Dedicado a mi Patria, República Dominicana.

Mi Patria en la bandera
Enarbolada ondea
Demostrando sus batallas
Sus victorias y sus penas
Recordándonos a Duarte
La libertad celebrando
A Mella y a su grito
Y a Sánchez proclamando
El apogeo vivido
Y el honor adquirido
Entre las palmeras verdes
Se destaca tricolor
Se balancea renuente
Al daño y al dolor
Su centro es el hogar
De orgullo y piedad
Es el brío de nosotros
Que sentimos ese gozo
De llevar el firme sello
¡De Dios, Patria y Libertad!
Escrito por: Luca
*Siéntanse libres de hacer cualquier corrección y comentario. ¡Espero les haya gustado!

sábado, 27 de febrero de 2010

Calle vieja, Calle nueva

Un viejo bolero. Tengo la sensación de ser el único anciano que lo admira en este lugar. Luces tenues. Observo cada una y me detengo en la del fondo, que verde y llamativa, me hace recordar. Una barra vacía. Es lunes, no hay mucha gente. La mujer pelirroja de piernas largas, pide un trago y mira a ambos lados, como buscando alguna respuesta. Un señor elegante acaba de entrar. En una esquina, tres jóvenes se ríen a carcajadas y piden cerveza. Yo observo el panorama mientras cambian la canción.

"De mi calle vieja me alejo, a la calle nueva me voy. Es mucho lo que dejo pero más lo que tendré luego"

Canto, sonrío con picardía, me levanto y me dirijo hacia la pelirroja. Me inclino un poco, le presto mi mano derecha, ella me tiende su mano izquierda y dándole una vuelta, la acerco hacia mí. Ella me mira, me tira una risita y se deja llevar. La canción, el momento, el lugar, las personas, todo parece bueno. El Piro me mira desde la barra, me guiña el ojo, como quien dice: "¡pero que viejo ma' agenta'o!". Yo me río y sigo la pieza con mi pelirroja. Al terminar la canción, ella me susurra un "gracias" al oído, se va. Sombrero en mano, adiós al Piro, me voy.

Tengo la sensación de ser libre y la condena de ser las 12. A duras penas he bailado, estoy viejo y cansado. Pero hoy he decidido recordar y por tal motivo voy de camino al malecón. Me choco con una doña que cantaba, un humilde pescador, miro una pareja enamorada, disfruto un merengue viejo. Es fácil, solo es cuestión de cederle el paso al recuerdo. Me imagino en la playa con Azucena a la edad de nueve años. Cada uno con vagas metas, con inocencia y enamorados al fin. Ella me pidió un beso y yo, en mi timidez, la besé. Azucena ríe, yo río, me abraza y la sorprendo con otro beso. Fue algo inesperado pero ciertamente bueno.

-¿Qué habrá sido de ella?- me pregunto.

Sigo mirando el mar calmado. Me siento en un banco tan viejo como yo y me respondo: "talvez en este momento se habrá acordado de mi y se estará preguntando lo mismo". Pienso en mi pelirroja, en mi baile, en mi gente del bar. Alguien me toca el hombro. Asustado, miro hacia atrás.

-"Papá, levántese, le toca su medicina"- me dijo.

Una vez más, fue solo un sueño. A mis 90 años es tan fácil delirar.


Atentamente,
Luca


*Siéntanse libres de hacer cualquier corrección y comentario. ¡Espero les haya gustado!


Conversaciones con el viejo



Habían pasado semanas desde que el viejo se fue y no hacía más que pensar en una conversación en particular, una conversación una mañana de agosto a las siete y media. Lo observaba leer el periódico y me hacía la misma pregunta una y otra vez. ¿Qué habrá sido de este viejo en su juventud?
Como si hubiese escuchado mis pensamientos, puso el periódico sobre la pequeña mesa de al lado y se adelantó a responder.
- Nunca me gustaron las matemáticas. Me apasionaba la historia tanto como ahora. Pero hay una historia que quisiera contar.
- ¿A mi?
Pensaba que el viejo empezaría a relatar momentos históricos, por eso me preparé mentalmente a escucharlo hablar desde Colón hasta Leonel.
- ¿Ves a otra persona aquí?
Una de las habituales del viejo, era su sarcasmo.
- Empiece- le dije.
- Ella no era hermosa, pero tenía un carácter especial. Su sonrisa era única en el pueblo. No había conocido mujer tan directa. Inés, de 18 años, se había robado toda mi atención. Yo, de 15 en aquel entonces, me había ilusionado con una mujer mayor. Inés vivía en la casa del frente. Una casa humilde, pero más grande que la mía, pintada de verde, con una pequeña marquesina y un tremendo patio, en el cual pasé dos años de constantes emociones, comiendo cerezas y mangos, viviendo a Inés como si fuera solo mía.
- Entonces tuviste una aventura con una mujer tres años mayor. Nada mal viejo, nada mal.
- Una no, varias. No interrumpas.
Al llegar Inés a sus 20, tomó la decisión de marcharse lejos, pues ella decía que en el pueblo no había futuro, deseaba progresar. Esto me lo comentó un viernes por la tarde, sentado bajo la mata de mango, que por dos años me brindó tanta alegría. Yo, en mi tristeza, decidí disfrutar los últimos días a su lado y, como no me quedaba de otra, acepté tranquilamente su precipitada decisión. Un viernes 19 de septiembre, Inés Bencozme se marchó. Sin decir nada, sin tocar a mi ventana antes de irse, sin maletas ni recuerdos, ella sabía lo que quería, o al menos eso suponía, y fue en busca de ello. Cuando me levanté esa mañana como a las 7, luego de ayudar a mamá con los oficios y alimentar los animales, me fui corriendo a la casa verde del frente. Saludé a Doña Blanca (madre de Inés), y fui al patio. Ella no estaba ahí. Doña Blanca me tocó el hombro y con una voz desanimada, me dijo: 'mijito, Inesita se marchó dejando una sola huella, una carta para ti. Toma y vete a tu casa, tienes mucho en qué pensar.' En verdad no había nada en qué pensar. Mi mujer se había marchado buscando mejor vida y eso había que aceptarlo para poder continuar.
Cuando entré a la casa, mamá notó mi congoja, y supo más rápido que inmediatamente, que se trataba de mi adorada Inés. Entré a mi aposento y me senté en el suelo como mendigo sin esperanza. Abrí la carta, una hoja vieja, de cuaderno, en la que Ella dejó lo siguiente:
"Me voy porque no soy eterna. Me voy porque tengo planes y tengo penas. Me voy porque aunque mi pueblo me hace vivir, aunque mi pueblo me atrae a ti, tengo dudas de que mi pueblo me pueda llevar lejos. Algún día volveré y sé que tal vez no estés porque como yo, querrás poner tu mirada mas allá de la finca de Don Pedro.
Con amor, Inés."
Después de tanto poema y blablabla, guardé la carta debajo del colchón y me propuse seguir adelante con la frase que Inés me dejó: "Querrás poner tu mirada mas allá de la finca de Don Pedro"
- ¿Y qué quiere decir eso? -interrumpo otra vez.
- La finca de Don Pedro está a la entrada del pueblo.
- Entiendo, salir del pueblo para progresar.
- Exacto.
- ¿Y qué pasó después?
- Terminé la escuela, entré a la universidad, estudié derecho, tuve muchos hijos y hoy soy un abogado bien pagado que disfruta su vejez. Nunca volví a saber de Inés pero sé que como yo, encontró un futuro mejor y sé que como yo, encontró de nuevo el amor. Hoy, cuando voy a mi pueblo, observo la casa verde y sonrío con alegría al recordar, pero no me evita de agradecerle a Dios, porque lo que hoy vivo es mejor.
El viejo se paró, fue a la habitación y cerró la puerta. Yo me quedé sentado, cautivado con esta nueva historia y pensé en el título de mi próxima nota: "Conversaciones con el viejo"
“El tiempo es una caja de sorpresas "

Atentamente,
Luca

*Siéntanse libres de hacer cualquier corrección y comentario. ¡Espero les haya gustado!